
Estoy metido en medio de un largo domingo
sólo y tirado en mi sofá
mirando al edificio del frente
por si se abre una ventana
y me saluda una mano solidaria.
Poco me importa que sea desconocida,
pero mano al fin que me salude.
Miro y remiro y en medio de tanta ventana
aparece una mancha que se mueve,
un tipo tan gris y solo como yo.
Lo veo apoyado en su balcón,
pequeñito y casi como en un lejano televisor.
Me parece que habla por teléfono
o aparenta hablar para que no vea su soledad.
¡Oye estamos solos y solos y solos!
Tu casa y la mía son pequeños desiertos
confortables, plastificados y llenos de vida ligth.
Pero desiertos de abrazos y besos,
desiertos de flores que se plantan y mueren
no como estas dibujadas
que he sembrado por todas mis paredes.
Este domingo miro y remiro
desde mi ventana abierta y sola
nadie quiere entrar por ella
hasta los feroces ruidos se han marchado
¡Y qué decir de mis esperanzas!


