¡Pastillas y gramajes semanales!
-Me dijo el siquiatra-
¡Piedras e imanes para la energía!
-Gritó en medio del valle un chamán-
¡Mujeres y sexo, sexo, sexo!
-Anunciaba un aviso en el diario-
¡Penitencia y muchos rezos!
-Me recomendó mi abuela!
¡Deja todo y vive tu vida, defiende tus espacios!
-Susurraba un librito de autoayuda-
¡Váyase en el tour a Jamaica para solteros!
-Publicitaba la agencia de viaje-
Lo he probado casi todo,
las terapias alópatas y las otras,
el consumo de cosas y de gente,
la huída frente a los conflictos,
la angustia, el silencio, los dientes apretados.
Viví la indiferencia hacia todo y de todos
el estar cercado en mis propios silencios y reflexiones,
el volverme cerrado a los otros, temeroso y desconfiado.
Me acunó la conformidad y el pesimismo,
la brutal ausencia sentido,
el viejo nihilismo ya no era una teoría,
el sinsentido y la ausencia del amor en mi vida
lo cubrían y amenazaban todo.
El desencanto siempre se une con muro y cerca,
con aislamiento y ceguera del «yo»
que reduce, niega y termina por eliminar al otro.
¿Qué me puede devolver el encanto perdido?

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